Abro los ojos tras 35 años de conectar certezas
y crear nuevas.
Mis oídos quisieran no haber oído
lo que como tinta indeleble se les declaró:
Un dolor vulnerable,
una traición horrenda,
un abuso a la confianza
y en sí mismo.
Las verdades se sellan,
se callan,
se cellan.
Otra víctima por décadas
(la primera y más herida)
creando más víctimas y victimarios
y odiando cada noche
(dios mío, cada noche)
la sed angustiante
del cuerpo enorme
que si no la hendía
buscaba otros cuerpos
y volvía
(dios mío, siempre volvía)
con burlas,
odios,
virus,
y la condena de manchar
a su propia cepa
con su total y absoluta
incapacidad de cuidar.

