Mi cuerpo por la mañana es una fiesta psicodélica
(de las malas):
Me levanto y de un bajón
la montaña rusa de mi sangre cae toda a mis pies
y me impide moverme o seguir
(me impide también, por fortuna,
caer:
Mis pies se vuelven troncos
con raíces,
inamovibles y sólidos,
hasta que la presión
-como todo lo que baja-
sube).
Hago una pausa
para que mi cabeza se ajuste,
y siento que tomo formas
redondas y ondeantes.
Espero.
Espero en la niebla de mi frontalización temporal
a que la montaña rusa suba
y a que mi marea interior baje.
Comienzo mi día siendo una fiesta
(de las malas).
Me lavo la cara,
miro al espejo y me reconozco
(a veces).
Pongo música.
Saludo a Schubert.
Navego en su Serenata mientras,
como ruido blanco, otra melodía
(la de tu voz)
toma tu forma:
Los prados en tus ojos,
la nube primaveral de tu sonrisa,
la brisa de la tarde en tu aliento,
la solidez de tu ser
y tu voz, envolviendo
(-me)
en una certidumbre difícil de enfrentar.
Disfruto de la montaña rusa
que me evoca evocarte.
Y las formas redondas y ondeantes
que mi respiración adquiere
cada vez que me miras.
Respiro.
Pienso en ti y
(para que no me invadas)
englobo tu ser en una burbuja.
Te convierto en poema,
en risa cómplice,
en recuerdos de lo que quiero,
en recuerdos de lo que puedo
(y lo que no podré jamás);
en expresiones adquiridas
y compartidas;
en reflexiones y en heridas
(En ti,
por sobre mil lunas llenas de color rosa).
Te convierto en todo lo que sueño
y que sublimo
(¿qué se puede hacer con el amor,
si siempre el cariño nos sale tan bien?);
en burbuja y en sueño,
y en sueño de la realidad.
Te convierto en serenata
mientras prosigo mi día y
con este escrito
termino mi fiesta
(que al fin y al cabo, no era tan mala),
mientras Schubert aún suena de fondo.