Me dio por subir un meme que abrió un rabbit hole en lo que lo procesaba.
(partiré por aseverar que la sabiduría reduccionista pop, con su inefable ausencia de ton y son, puede tener un efecto increíble en el subconsciente si eres receptiv@ a ella).
El meme en cuestión era este:
Como a veces me da por notar que al Universo le encanta converger (aunque francamente sospecho que sólo se trata de un sesgo de confirmación cuyo juego decido seguir), el meme se me aparece pocas horas después de que me encontré con el blog de una chica que en el 2003 y con 19 años, perdió a su padre. Sin detalles, la autora comparte sus sueños, aventuras y desventuras de adolescente grande cuando de pronto la drástica pérdida de su padre la obliga a dejar de soñar y volverse una adulta funcional y responsable mucho más rápido de lo que hubiese deseado o esperado. En los inevitables "what if" que se me cruzan por la cabeza cuando me entero de noticas así (o las vivo), me pregunto si de haber tenido una oportunidad de hablar antes del irremediable final (con la consciencia de que era tan inevitable como una última oportunidad), se hubiese dicho algo distinto, se hubiese expresado más, se hubiese vaciado el alma antes de que el ser querido abandonara este lado del reino a su encuentro con todo lo demás.
Basada en más de una experiencia cercana y personal al respecto,
no me cuesta demasiado intuir la respuesta a ese supuesto.
Entonces, ¿qué esperamos?
¿Es acaso que esperamos vivir situaciones fatídicas para considerarlo, como si sólo en esos momentos recordáramos que la vida es sólo un instante y que ignoramos del todo cuándo llegará su final?
Recuerdo el tiempo en que esta misma idea guiaba todas mis decisiones.
Una suerte de "Carpe diem" nihilista: la sensación fatídica del porvenir se tornaba en motivación para mis decisiones. La inminencia de la pérdida y mi (ampliamente ingenua) intención de detenerla (como si realmente algo así fuese posible) me llevaron a arriesgar mucho en nombre de... ¿la muerte?
Como si prolongar la vida en nombre de la muerte fuese posible.
No sonaría tan terrible (aunque para mí ya en este punto suena profundamente perturbador) si no fuese porque el rango completo de mis emociones se impulsaba desde mi derecho a expresarlas.
Y así era como la impulsividad terminaba siendo, al final de todo, mi norte
(y vaya que me arrepentí).
Actué desde la herida sangrando, desde la fiera llevando esa herida, desde el hastío de aguantar tanto, desde el vaso absolutamente rebasado e incapaz de aguantar una gota más
(y con todas esas emociones pendientes, reventaba).
Total, la vida era una y había que vivirla.
Ahora, contraria a todo decreto nihilista, mi centro es procesar y vivir aquel mismo impulso que podría motivarme a re•accionar en el interior. En silencio y desde mi espacio y tiempo, para procesar lo que solo a mí me pertenece (y lo que no quiero que dañe a los demás), vivo hacia adentro de mí misma (espacio igualmente seguro y peligroso), y junto a las personas que he decidido amar (lugares seguros sin excepción, aunque muchas veces y con dolor, reconfigurados).
Y esta última parte, vaya que ha dolido.
Recuerdo haber tomado un avión para recuperar a alguien que amaba, mover cielo y tierra para otorgar felicidad, esforzarme ridículamente para hacer sentir a otro que valía la pena; sólo para darme cuenta de que aquello que tanto busqué no estuvo jamás en ningún otro.
Ahora es distinto.
Mis palabras son claras y en línea con mis intenciones
(I mean what I say),
y mi silencio es mi derecho
Mi silencio no es castigo
(¿cuántas acusaciones llevo de esta misma naturaleza?),
es, a falta de mejores herramientas
(o de energía para entrar en ciclos interminables de fractura emocional),
amor.
Un amor que dejó de disculparse por existir.
Un amor paciente que no se ve en la obligación de mostrarle a otro un espejo si se rehúsa a verlo
(porque partirse el alma y romperse en pedazos para quien no quiere mirarse es un juego de poder).
Un amor que perdona si hay arrepentimiento
(y que perdona, pero también deja ir, si no lo hay).
Un amor que se abre pero con cautela
(y por encima de todo, un amor que nace en mí y que, por lo tanto, me protege).
Por eso estas líneas que escribí en otra vida (no muy distinta de esta) a alguien, son un espejo relacional de toda índole en mi presente:
Imagina que no.
Imagina que no hay obstáculos.
Imagina que aún me piensa a diario,
en los rincones de tu cabeza y del corazón en los que
cuando hay silencio,
sólo me encuentra a mí.
Imagina el dolor y el duelo. Imagina tener TANTO MIEDO,
que el dolor y el duelo sean preferibles
a cualquier otra historia que su cabeza le cuente.
Imagina que, en su cabeza,
la idea de llamarme y ser honesto
le rompe el mundo por alguna razón.
El mundo de sus expectativas,
El mundo de su mapa de vida,
El mundo de sus demonios.
O imagina
¡simplemente imagina!,
que su visita frecuente sea
para agregar una corona a su ya pobre autoestima.
No tengo cómo saberlo.
Lo único que sé es que no podría ni quiero
ser quien empuje a alguien
a atreverse a vivir saliéndose del guion.
Ya pasé por eso, mi bien.
Y si no tiene el valor de tomar las llaves de su propia jaula y abrirla para vivir y reconocerse en libertad, no seré yo quien fracture mis alas para encerrarme en la trampa del miedo ajeno. Si lo hago, la jaula se va a reventar, el otro encontrará su libertad a costa mía, y yo me quedaré, quebrada y sangrante, a la espera de sanar para volver a volar.
No habrá gestos enormes.
No habrá sacrificios de película.
No habrá nuevamente un alma mutilada que me toque zurcir en soledad.
Me quedo mejor con estas líneas que tales sentimientos inspiran,
con la transparente quietud de mi alma en una sola pieza,
con la reciprocidad sana de las relaciones que amo,
y con los pequeños gestos que puedo y quiero
recibir y dar.
No depende sólo de mí; por lo tanto, la vida irá acomodándose y la muerte...
bueno,
la muerte es sólo el siguiente paso.