Me hablaron por muchísimo tiempo de la efectividad de las cartas a Santa.
Pensé que se trataba de una tontería de niños hasta que empecé a ver a adultos a mi alrededor sonriendo más después de cada Navidad. Eso, sumado a la consigna que repito sin escrúpulos cada que un niño me pregunta si Santa existe -con la finalidad de mantenerme fiel a la verdad al tiempo que no rompo su ilusión ("En el momento en que intentas descubrirlo, la magia se termina")-, me llevó a dar el paso previo al hecho mismo: Preguntar a alguien que lo haya experimentado:
- ¿Pero y cómo lo hago? ¿Qué pido?
- Debes pedir algo que de verdad tú desees. No lo debe desear tu aspiración, ni tu expectativa, ni tu ansiedad, ni tus sueños, ni tus apegos, ni tus carencias ni tus máscaras.
Entonces me puse a pensar en qué quería pedir a Santa.
Pensé en mis sueños, mis deseos, los cientos de "y si" con los que me encontré a lo largo de todos los años de mi vida; pensé en los ojos y los labios de alguien a quien contemplé con ilusión y cuya boca jamás besé. Pensé en tener de vuelta a la gente que amé y que salió de mi vida por vida o por muerte.
Pensé en el amor y en sus significados.
Y pensé en el Amor y en Su Significado.
Pensé, sentí y lloré.
Por años, pensé, sentí y lloré.
Tras años, luego de que mis pensamientos, sentimientos y lágrimas se extendieron al nivel en que cubrieron todas mis aspiraciones no resueltas, mis expectativas no cumplidas, mis ansiedades insomnes, mis sueños rotos, mis apegos no resueltos, mis carencias latentes y mis extensas máscaras, logré articular las siguientes líneas.
Querido Santa:
Espero que estés bien. Tú tienes la magia de darnos lo que deseamos.
Y yo deseo más que nada en el mundo saber quién soy detrás de todo lo que no soy.
Tuya,
S.
La dejé de noche un 24 de diciembre al pie del árbol de Navidad. Al día siguiente, por toda respuesta, había un sobre con mi nombre. Lo abrí, y dentro, había otro sobre. Dentro, había otro sobre. Y dentro de este sobre, había otro.
Seguí abriendo sobres todo ese día y esa semana.
El año nuevo me sorprendió abriendo sobres.
Abrí sobres el resto del invierno hasta que llegó la primavera.
Luego llegó el verano. Luego el otoño y luego otro invierno.
Así pasaron los años.
Mi cabello se tornó blanco como aquella remota mañana de Navidad en que abrí el regalo de Santa.
Mis ojos se llenaron de surcos de dolor y vida mientras seguía abriendo sobres.
Lloré, mientras abría sobres, el duelo de cada aspiración, cada expectativa, cada ansiedad, cada sueño, cada apego, cada carencia y cada máscara. No quedó absolutamente nada. Las lágrimas de todos los pesos de mi vida barrieron con ellos hasta que el camino se vio despejado.
Me detuve del todo cuando comprendí la respuesta.
Miré a mi alrededor y lloré una vez más.
Esta vez, de felicidad.
Me puse de pie y retomé mi vida para vivirla
sin ninguno de sus libretos.
Escribí en el anverso del eterno metasobre una palabra para Santa con una sonrisa en mi cara y lo dejé gentilmente al lado del árbol y salí de mi casa.
Curiosa, o bellamente, era también una mañana de Navidad.
