Entre una neumonia que se quedó más tiempo del debido y una lesión en mi mano que también tomó un largo tiempo de recuperación, me vi de alguna manera forzada a la quietud física.
Y bien, el ejercicio no sólo me dejó al borde del desmayo (en una situación que definitivamente no ameritaba tal respuesta), sino que también dejó bastante en claro que mi mano sigue bastante delicada y que, tal vez inconscientemente, he creado mecanismos de compensación para no moverla con la normalidad de siempre (lo que llevaría al descubrimiento de que el dolor sigue ahí).
Hablé sobre ambas cosas con mi mejor amiga -una mujer más sabia de lo que llegaré a ser yo en todas mis vidas- y me dijo que por un lado el daño pulmonar y la recuperación subsecuente se traducen en un cansancio más allá de lo "normal" para una actividad física cualquiera; y que por otro lado mi mano requiere de una revisión; pero incluso en el caso de que se trate de un simple esguince, la recomendación es seguir con un movimiento contenido que permita crear resiliencia.
Así que la respuesta es la de siempre:
La única manera de liberarse del dolor, es transitarlo.
Por lo tanto, el ejercicio debe continuar y también la movilidad (controlada y segura) para recuperarme.
(He, tras terminar de escribir estas últimas tres líneas, literalmente suspirado.
Viene a mi cabeza el segundo más importante mantra luego del evidente:
Es el cuerpo el que nos da el aviso, y sólo cuando estemos preparados, enfrentaremos lo que haya que enfrentar. Y bueno, hoy me tocó)
Suspiro
(otra vez).
Hoy, en el último día de Septiembre, he conectado cabos para dar respuesta a uno de los gatillantes más profundamente enraizados que poseo (y que se activó de manera inesperada hace poco tiempo):
Primero, evidentemente, fue mi cuerpo en una sensación pesada de tristeza.
Luego, y casi por casualidad, ver y saber del responsable indirecto de este gatillante.
Más tarde, rumiar con el gatillante (sin descubrir, hasta ese momento, su raíz), pensando angustiada qué tan básica, prescindible, reemplazable y nada soy (en suma, el miedo a ser intrascendente para la gente que elijo querer).
Finalmente, tras conversar con otra persona (también una de las más sabias y amadas almas en mi vida), pude encontrar la paz entre el párrafo que escribo a continuación:
You know what you went through, how hard it was to choose the light and how tough it is to fight the darkness in each decision you make, action you take or word you pronounce. And because of this, because you choose to resist the madness, the malice, the bitterness of the world to make the latter a better place, you’re made of true gold. And what a disappointment to observe that what glittered in the other was just an illusion. It was not into them, but into you: a reflection of you when you’re by their side,
...y el descubrimiento de que, incluso sin la reafirmación y desde el supuesto del miedo (básicaprescindiblereemplazableynada), no pasa nada.
¿Qué tal si lo soy?
¿Qué tal si soy lo que temo?
Pues eso. Lo soy. No pasa nada.
El miedo (o el dolor que está escudado en el miedo) viene de una raíz distinta, tampoco voluntaria ni de quien lo gatilló ni de los que programaron ese gatillante.
Cada quien, realmente, hace lo que puede con lo que tiene.
Ahora bien, el proceso de recuperación del alma -y con esto conecto a la primera parte de mi escrito- sigue el mismo patrón de recuperación que el de la salud física:
La única manera de liberarse del dolor, es pasar a través de él.
Si eres capaz de hacer eso, tanto dentro como fuera,
te encontrarás en un mejor lugar
dentro de ti mismo y
everywhere else.
Y es gracias a esta máxima que uno puede descubrir su propia profundidad.
Me tocó esta vez enfrentar el dolor y atravesarlo para mirar en mis sombras (y cuando menciono las sombras no sólo me refiero al dolor que sentí en el camino, sino que también al daño que infligí cuando intentaba desesperadamente huir del dolor mismo y mi miedo a ser todo aquello que no quería ser).
Y bueh, tal vez me falte otro poco que desenredar para finalmente descubrir que, debajo de todo ese enredo, soy todo y también no soy más que un montón de átomos cuya mezcla dio como resultado a esta mujer que piensa con oraciones subordinadas todo el tiempo.
Un ángel y un monstruo; una diosa y un demonio.
Y me gusta así.
Hora de ejercitar =)









