Me embriago en el aroma inesperado e inoportuno de tu pecho y tu cuello.
Inesperado, porque me sorprende en medio de la más sincera de las casualidades; caminando por la calle, sentada en un avión a poco de despegar; o en el centro de la noche sumergida en mis sábanas y sin ningún estímulo más que el incesante navegar interior (a ratos tan calmo, que estrellas se reflejan en su superficie; a ratos tan furioso, que debo hacer esfuerzos incontenibles para dejar la narrativa en la cabeza y jamás, JAMÁS, trasladarla a mi cuerpo).
Inoportuno, porque aunque toda oportunidad de pensarte es bienvenida, te vales de ese derecho para que todo huela, sepa y se sienta a ti. Y aunque evocarte no sólo me resulta sencillo sino más bien inevitable, la presencia de ti a través de sentidos concretos y no (sólo) desde la nostalgia pega distinto. No necesariamente como una tormenta (de ser el caso, no hubiese dejado pasar la oportunidad en que tu cuerpo se ofreció al mío y me hubiese fundido en ti en lugar de decidir ni siquiera tocarte), sino más bien como un golpe de remo que, ondeante sobre el agua, rompe la silente armonía estelar de mi mar.
El resultado, concreto o abstracto, siempre es el mismo: Una súbita quietud dolida y un mirar alrededor por si logro notar que los canales azules me llevan a las venas de tus brazos, o cuando menos a saber si en ese preciso momento y gracias al predecible efecto del caos, respiramos el aire del mismo espacio (de todos modos, en perspectiva, esto es y será para siempre así).
No me resulta fácil escribir estas líneas embriagada en el aroma maderoso y aterciopelado de tu piel.
Sobre todo porque no es tu piel la que está aquí.

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