Me sequé las lágrimas y los mocos en el hombro mientras seguía subiendo. Cerré los ojos al hacerlo, puesto que sabía que me ensuciaría aún más la cara con toda la mugre que tenía en cada centímetro del cuerpo. Me empujé hacia arriba con los pies heridos y las rodillas sangrantes, y con ese impulso, trepé el nivel que me quedaba.
Nublados mis ojos en lágrimas de nuevo, ponía mis pies en tierra firme al fin, tras lo que se había sentido como una vida entera en la oscuridad, la mierda y una luz tenue allá arriba, invitándome a mirar desde el manto de la claridad.
Fue a esa esperanza que me aferré para emprender los primeros pasos de mi viaje. El punto de inicio fue una oscuridad tan ensordecedora, que el ápice de luz que me guiaba parecía más bien una estrella solitaria en un abrumador firmamento de noche y soledad.
El sendero fue barroso y vertical, con algunas piedras aquí y allá que me sirvieron en el intento de avanzar. No hubo tregua en ningún momento: Cuando no estaba enfrentándome al extenuante viaje de subida, o bien me estaba limpiando las heridas, o bien sencillamente hiperventilaba el paralizante dolor que oprimía mi corazón como cadenas que me castigaban en cada respiro y en cada paso que daba, sólo por atreverme a decidir ir tras la luz.
Pero todo había valido la pena; mis pies estaban en tierra firme y yo, por fin, calmaba a través de cada doloroso respiro el asfixiante esfuerzo iniciado eones atrás.

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