Recuerdo cuando descubrí la recursividad de los números
en su eterno (e infinito) ciclo
(la reacción de mi padre al llamarla tragedia.
Y también descubrí lo que significaba tragedia
aquella tarde nefasta en que los gritos
que se proferían mis cuidadores
traspasaron las paredes hacia el patio,
donde me encontraba jugando a interpretar
una inocencia fundamentalmente perdida).
Descubrí el amor de forma distorsionada en mis veinte,
Descubrí la culpa en mis treinta, cuando además de sentirla, la nombré.
Descubrí el infierno cuando me vi rodeada y asfixiada por él.
Descubrí, con dolor, que a veces ni todo el amor
ni la buena fe
son suficientes cuando un corazón sangra y habla
—y actúa—
desde su dolor.
Me descubrí a mí misma
aquella noche metanoica en que la realidad se vio distinta
(o tal vez, al fin, tal y como debía verla)
Descubrí que las respuestas las llevo dentro,
así me cueste creerlo la mayor parte del tiempo.
Buscando por la vida qué descubrir,
descubrí que la vida es para encontrarse.
y descubrí que el amor ama la paz,
se atesora desde el esfuerzo,
crece en la verdad
y huye del miedo.
Anoche descubrí que puedo llorar como una niña pequeña,
en la eterna recursividad de los números
descubierta al principio.


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