En la ronda de la música
(Eterno retorno, lo llamaría ella;
insoportable carrusel, diría él)
me encuentro de nuevo con esta melodía.
Lo que me encanta de la música que me encanta no radica sólo en su estructura, sino en su capacidad de sorprender.
¿Sabías que los perfumes tienen capas?
Pues también tiene capas todo aquello que traiga a tus sentidos algo exquisito.
La primera, vaporizada, es la volatilidad.
La explosión.
El pico de dopamina
(y a veces de adrenalina);
El él.
La última, ya reposada y siempre presente, es la esencia.
El corazón.
La memoria nostálgica de las tardes en Bleu Marine frente al morro y el mar
(y a veces la emoción);
La ella.
Y en medio...
En medio está la fragancia misma.
Aquello que por un momento breve, pero claro,
tiene sentido.
Y aunque no es volátil como una explosión
sabes que su tiempo será breve;
hermoso y triste;
dopamínico y nostálgico;
explosivo y de todo corazón.
Con la capacidad de activar recuerdos que jamás, jamás, se irán de la memoria.
Y de despertar emociones que van desde la frente hasta el sexo y viceversa en menos de un segundo.
El Tú.
Ya me puse casi demasiado seria.
De nuevo.
Evocando las hermosas bolsas de tus ojos reposando
sobre tus pómulos afilados.
Y tu cara impasible y no serena
(otra capa más para esta melodía que ya contiene
gritos lúdicos, memorias adolescentes,
décadas de vida, un par de muertes,
y tu voz grabada, con la inflexión de siempre
diciendo estupideces).
Qué más da.
A fin de cuentas, aunque inolvidable,
sigues siendo sólo
la segunda capa.