Sunday, August 24, 2025

Donde la inspiración te lleve.

Pensaba comenzar esta entrada con un relato en segunda persona, sentada junto a ti y frente a un piano, mis manos jugando sobre las tuyas con intención de provocar una distracción que te hiciera sonreír.

Y si bien mi relato comenzó así (aunque de manera más meta), dio un brusco giro cuando la melodía que tenía en mi cabeza (semilla desde la cual germinó toda la espiral de este relato que se tornó pensamiento en voz alta, o corriente consciente de una loca inconsciencia), resultó llamarse (para bien de este escrito y para mal del relato que iniciaba en la melodía y continuaba en la evocación de tus manos acariciando las notas) "Kinderszenen - Fast zu ernst". 

En la ironía de la seriedad, sonrío (como sonreirías tú si me oyeras pronunciar lo que escribí más arriba). Me respeto demasiado como para escribir un texto romántico con base en una melodía llamada así. En cambio, mi mente va a la otra semilla, la que se sembró hace más años de los que puedo (o quiero, por vergüenza) recordar: Un amor me brindaba en perspectiva la historia de un niño con una infancia también herida, donde los recuerdos de la niñez venían acompañados del triste (o tal vez sólo casi demasiado serio) compás de Schumann. La pesadilla del niño continúa tristemente décadas después de la partida de su verdugo: Con una mente fracturada por la división entre el ser en sí mismo y el ordinario deseo de todo niño de sentirse único, David (con la ayuda de Dios), encuentra su paz a través de sus propios maestros, gente que por el camino le señaló los recodos a su mundo interior para ayudarlo a brillar.

Me quedo divagando en ese pasado tan familiar de imágenes que no eran mías sobre un niño que, de niña, evocaron también mi propia historia desde la base del reflejo y también como recuerdo en sí mismo con sus propios componentes: el olor a cera de madera; el dolor que empezaba en el corazón y terminaba en medio de la cabeza; el reflejo de las siluetas de las sillas en el piso; el sabor de mi sangre; los ronroneos de mi gata acurrucada junto a mí en mi cama. 

Schumann de fondo sigue trayendo recuerdos: el olor de un perfume deportivo de Ralph Lauren mezclado con la textura de un libro de Rabindranath Tagore y Silvio Rodríguez de fondo, un caminar semi inclinado que al día de hoy imito (cada vez menos), y el sabor de mi primer beso. 

Mi primer amor. 
Mi primer maestro. 

Vuelvo a sonreír. Pienso en cómo el eterno retorno se las arregla para volver a dar un paso atrás y mostrarme, en el ciclo fractálico en que me encuentro, que entre las escenas de la niñez (que a veces se tornan demasiado serias) vuelve a aparecer una imagen romántica como la concebida en un (ignorante) inicio de este escrito. No hay piano, empero, sino una guitarra y tus dedos juguetones acariciando las cuerdas y susurrando "El viento eres tú".

Esta vez no traje la música a mi historia. 
Tal y como comenzó (o tal vez en honor a ello), esta vez dejé que la música y su inspiración me condujeran a mí.

PS: El piano será para la próxima.


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