Todos amábamos al Juan, el artista de nuestro barrio.
Lo vimos crecer en la población, tocando una vieja guitarra que heredó del abuelo trovador.
Juan cantaba por la justicia, por la igualdad y por el amor. Le dedicaba canciones a su flaca, la Juana, una chica morena y medio ingenua, pero compañera fiel de aventuras y pesares.
A Juan lo llamábamos el artista del anti capitalismo. Hablaba del despertar de las sociedades y la necesidad de trabajar todos juntos, sin ambiciones, para crecer.
Fuimos tan felices cuando sonó por primera vez en la radio, y más felices aún cuando lo entrevistaron en la tele. Había algo en el Juan que nos hacía pensar que si alguien era capaz de ablandar el corazón del mundo para un futuro mejor, era él.
Un día, se hizo viral por algún reel que mostraba a un influencer famoso y alternativo llegando a la cumbre del Everest mientras la música del Juan sonaba de fondo. Luego de eso, el Juan empezó a sonar en todas las cumbres económicas: USA, Alemania, Zúrich, incluso China.
Cuando llegó a sonar en los Estados de Bienestar, quedamos alerta
(como quedaría cualquiera si a las 8 de la noche en pleno invierno le cortaran a uno la luz).
Un día cualquiera, el Juan dejó a la Juana y empezó a salir con la Johanne. La Johanne también era flaca, pero no era morena ni mucho menos ingenua.
Cuando el Juan ganó su primer Grammy, tuvimos miedo.
Pero cuando creó una fundación de beneficencia con su nombre, supimos que al Juan lo habíamos perdido.
No comments:
Post a Comment