Camino por la vereda vacía con paso acelerado mientras oculto mis manos en mis bolsillos, consciente de que sin mis guantes (para variar, olvidados inútilmente en algún cajón en casa), mis manos corren el riesgo de volver a congelarse.
Huyo del frío seco que envuelve la tarde, al tiempo que sonrío mirando al cielo y notando que aunque el entorno está gélido, la oscuridad cede paso gentil a la luz de un nuevo ciclo. Pienso en la no arbitrariedad (tan difícil de comprender para mi cabeza) de iniciar el invierno en el día exacto en que la luz ha perdido -y vuelto a ganar- la batalla contra la oscuridad. Esa sola noche marca el punto de partida del cambio en la dirección opuesta y sin embargo, aunque la luz permanece cada día por más tiempo, aquí estoy, atrapada en una burbuja gélida que encontrará un nuevo equilibrio cuando día y noche, de igual a igual, entren en la etapa del renacer.
Ahí vuelvo a mi incomprensión:
¿Por qué el frío se instala ahora implacable, si al mismo tiempo la luz se está abriendo paso?
¿Por qué no fue así cuando la oscuridad era cada vez mayor?
¿Qué hubiese sido de nosotros de quedarse la oscuridad?
O en términos del simbólico solsticio:
¿Por qué la batalla que la luz gana a la oscuridad en el esperado amanecer después del solsticio, símbolo de esperanza y vida, va acompañada de un manto blanco de silencio y algidez?
Y aunque creo saber la respuesta desde el símbolo, la duda queda en la física
(nada que la inspiración de un beso no resuelva).
Yo sé, amigo/a lector/a, que estoy a una búsqueda de Google de saberlo y sin embargo, cuando se trata de la naturaleza, prefiero conservar mi docta ignorancia -que prefiero llamar pueril-, y salir de ella de la mano de la amabilidad amena de quien quiera explicármela. Más aún si se trata de desnudar su significado más allá de la maquinaria universal a la que obedecemos.
Vuelvo a casa, comulgo con los rituales de entrar y desabrigarme.
Me acurruco en una frazada tibia y escribo.
Miro el calendario y comprendo que esto se trata de mucho más que de un día,
o de una estación.
Y aunque en mi docta ignorancia la incomprensión fundamental sigue incólume, me entrego al Waltz del Balanescu Quartet mientras agradezco, en su día, al punto de partida de mi Metanoia.
El resto, ya lo comprenderé.
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