Cuentos siniestros 4
Claudia había conocido a su instructor de baile, James, dos años atrás. Era el hombre más elegante y de buenos modales que había visto; acarreaba con él una sonrisa que parecía de revista y unos ademanes como sacados de un manual. Tal vez por eso Claudia no dio crédito cuando James empezó a escribirle a menudo sobre temas que poco tenían que ver con baile, y empezó a acarrear una sonrisa torpe a lo largo del día a la espera de sus mensajes y sus atenciones. A su primera cita fue con un nudo ciego en su estómago, e hizo un esfuerzo consciente para no desmayarse cuando la besó por primera vez. Tal vez por eso fue tanta la decepción que sintió no bien cruzó la puerta de entrada a la casa de James y -a pesar de cualquier persuasión o súplica- éste, brutalmente, la tomó... ella lo deseaba, así que él no necesitaba llegar a eso. Claudia salió de su casa con un dolor infinito en el cuerpo y en el alma. Impotente, a sabiendas de que nadie le creería, el único consuelo a sus tibias lágrimas era la sangre rodando por sus mejillas y los trozos de carne todavía fresca en su daga... No está de más tomar precauciones; a fin de cuentas, una nunca termina de conocer a la gente.
Lo tétrico es que cada uno de nosotros, ciertamente podría transformarse en un monstruo cualquier día de la semana...
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