Y bien, como era imposible, secretamente, creé un arco que me permitiera saber de él de una forma menos explícita. Mis métodos, para mí sutiles, eran en verdad de una inocencia abrumadora. Presa de mis emociones, probablemente fui ajena a que me evidencié muchas más veces de las que podría haber notado en ese momento.
Para bien o para mal, en algún momento la situación llegó a un punto cúlmine en el que él (mi dulce, amadísimo amado de aquel entonces) tomó las riendas de la situación y me escribió de manera inesperada el siguiente mensaje.
Querida pequeña:
Los tiempos que culminan, aunque sean una convención de los hombres, dejan algo de nostalgia. Básicamente por quienes ya no están. Sin embargo, debemos hacernos de ellos cada día para que no desaparezcan de nuestra memoria.
No sé por qué te digo esto, creo que sólo porque sí.
Quise, en ese momento, pensar que su dulce y amoroso mensaje no era dirigido, que se equivocaba, que no podía ser para mí o referirse a aquello en esas líneas. Pero a partir de entonces tomó él las riendas de la situación, y el arco que supuse abierto en algún momento para poder explorar se cerró con tanta dulzura y sutileza como en mi corazón se abrió. Y estuvo bien. Él guarda, por su respeto a mis sentimientos y a los límites establecidos, uno de los lugares más sagrados de mi corazón y es uno de mis más grandes maestros de vida al día de hoy.
A veces, más que buscar respuestas, es importante soltar.
A veces, más que seguir intentando alimentar una burbuja real o imaginaria que nuestro ego pueda necesitar, es importante llegar a la raíz y al por qué intentamos alimentarla.
Ahí,
en esos saltos,
en esos riesgos,
en esa zona de profunda incomodidad,
ahí está el crecimiento. Y también las respuestas.
No sé por qué escribo esto.
Creo que sólo porque sí.

❤️
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