Tuesday, October 21, 2025

Seis churros y un chocolate.

Esperaba en la fila de la churrería de la esquina a que la gente avanzara. Delante de mí, discutían sobre lo que elegirían cuando ya fuera su turno un hombre de unos 70 años y una mujer de unos 40.
 
No hubiese prestado atención a ninguno de los dos de no haber sido porque noté que los zapatos de la chica eran de una tela idéntica al resto de su atuendo (un vestido muy corto y una chaqueta ligera). Los zapatos no parecían tener suela, por lo que eran literalmente pedazos de tela a juego atados a sus pies. Me fijé en su pelo, todo enmarañado y recogido en una cola; en su cara cansada y en su gesto blando. El hombre iba relativamente bien vestido, por lo que el vínculo de padre e hija me pareció improbable. 

Como venía yo hambrienta y me tocaba además compartir mis churros, revisé en la puerta del local cuál era la que más me convenía de entre las opciones disponibles: 

Tomé mi decisión al paso que la fila avanzaba. Por fin, le tocó a la pareja delante de mí.

- ¿Qué os pongo?
- 6 churros y un chocolate pequeño.
- ¿Rellenos? Serían 12 €.
- No. De los simples.
- Ah, ¿una bolsa pequeña para compartir?
- No, seis churros de los simples. Y un chocolate pequeño.

La vendedora pareció perpleja por unos segundos. La fila seguía acumulándose, por lo que figuró pronto qué hacer.

- Pues... en ese caso serían 1,75 € por los churros y 2 € por el chocolate.

El hombre sacó unas monedas de su hucha y luego se giró a la mujer con la que vino.

- ¿Tienes 20 céntimos?

La mujer sacó de su bolsillo unas monedas pequeñas. Entre ambos entonces, pagaron a la dependienta, recibieron su pedido y procedieron a comerlo en una de las mesitas de espera dentro del local.

Llegó mi turno y pedí mi porción. Me uní a la espera en la mesa del lado. La pareja no hablaba, sólo comían en silencio con sus cuerpos muy próximos entre sí. En un punto preciso, vi que la mujer reclinaba su cabeza y una lágrima recorría su cara y caía por la punta de su nariz. Él se acercó un poco más y la acarició por la espalda bajando hacia sus caderas y derrière. 

Sentí un escalofrío de asco mientras escuchaba cómo él le prometía que todo estaría bien, que él la protegería y que ella sólo debía acompañarlo a su piso que estaba cruzando la calle. 

Pensé en las cientos de veces en que mi posición vulnerable me puso en manos de depredadores de distinto tipo, y cómo mi inconsciencia me había llevado a distintos caminos de autodestrucción. 
Pensé en la fragilidad de esa mujer y en sus frágiles zapatos de trapo. Me pregunté si su camino era consciente e inevitable y por eso las lágrimas, o si era inconsciente y las lágrimas no eran más que un grito de socorro de lo más profundo de su ser.

Los vi finalizar su chocolate ya varios minutos después de tener mi pedido en mis manos. 
Lo vi insistirle disimuladamente a que lo acompañara, cobrándole su parte por haber saciado su hambre.
Los vi irse juntos, cruzar la calle y perderse en una esquina.

Llevé mis churros a casa y se los entregué a mi compañero.
- ¿Por qué tardaste tanto, vida?
- Perdón, cielo, me perdí
(o más bien, vi a alguien perderse, pensé).
- No pasa nada. ¡Comamos, que se enfrían!
- Creo que pasaré de momento, mi barriga se siente extraña.

Me fui a dormir esa noche sin ninguna clase de apetito. Abrazada pero ausente, pensé en que nunca antes había entendido mejor el costo relativo de la vida, o el precio que hay que pagar a veces por tener seis churros y un chocolate.


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