Te miro a los ojos.
Esos ojos que inicialmente no fui capaz de mirar y que poco a poco, con el tiempo, cautivaron cada fibra de mi ser.
Tus pupilas están dilatadas. Recuerdo el día que las vi así por primera vez y noté en tu mirar lo que no eras capaz de decirme.
"No sé", te respondo con sinceridad.
Tu expresión se perturba por un segundo. De pronto, tu ceño súbitamente fruncido se relaja y lo comprendes.
"¿Por qué?", preguntas. Por toda respuesta, invito a uno de mis mantras: "Porque sabemos tan poco, que no sabemos nada, mi vida".
"Todo lo que sabemos es lo que ha sido y lo que es", prosigo. "Si lo que quieres saber es si me gustaría, pues claro que sí. La idea de que no pase más me entristece profundamente. Pero todo el resto es enigma".
Siento cómo tu cuerpo, tenso con frecuencia, cede ante la última frase, como si de pronto toda tu implacable incertidumbre se convirtiera en una tierna certeza.
Tu mano, que viajaba por el contorno externo de mi muslo mientras hablábamos, hace un giro en mi rodilla y se desplaza con la punta de tus dedos por la cara interna de mi muslo y aterriza en mi monte de Venus.
Sonrío y miro tus ojos pícaros.
Acerco mi rostro al tuyo. Huelo tu cara, tu nariz, tus mejillas y tu aliento.
Hay algo animal sobre reconocerte con más sentidos que sólo mi vista (qué sentido tan inútil se vuelve cuando aprendes a sentir). Mi respiración se profundiza mientras respiro de ti. Beso tu rostro mientras me hueles de vuelta, nariz, mejillas, boca, cuello. Te hundes en la oquedad que conecta mi cuello y mis hombros. Tu mano, inmóvil sobre mi monte de Venus, parece un visitante en duda sobre cuándo entrar, ignorante de que siempre será bienvenido.
Tu otra mano sostiene mi cuello mientras me sigues oliendo. Hay algo sobre ese dulce sometimiento que me hace desear que tengas el control absoluto, plenamente segura de que, entre tus brazos, no habrá jamás nada que temer.
Mi respiración se profundiza mientras un cosquilleo en el fondo de mí resurge. Suspiro y pronuncio tu nombre, y una nueva oleada de placer me cubre como mil besos a la vez. Mis pezones se erectan al sonido de tu nombre mientras tu mano se desplaza hacia mis areolas, no sin antes lubricar tus dedos de mi humedad para acariciarme.
No soporto de pronto mi pasividad. Me incorporo para besarte pero me detienes. Me envuelves, una mano tras mi cuello y la otra bajo mi cintura, mientras tu erección vuelve y te dispones a ser uno conmigo nuevamente.
Envuelvo tus piernas con las mías mientras me ofrezco a ti. Entras sólo un poco, pero te detengo con una tensión de mis caderas. Escapo y me quedo quieta. Te miro desafiante y sonrío. Intentas penetrarme de nuevo, esta vez más lentamente. Vuelvo a detenerte y a escapar. Sólo mi sonrisa (veo en tu mirada), te asegura que está todo bien. Toco tu cara y acaricio con la punta de mis dedos la parte posterior de tu cabeza, cuello y hombros. Siento cómo tu cuerpo se sobrecoge a mi caricia. Abro sutilmente mis piernas en un gesto de bienvenida. Esta vez, con suma cautela, introduces tu glande mientras yo modero qué tanto de ti entra.
No esperabas lo que esta acción trae. Empiezas a temblar completo, sintiendo cada centímetro de tu virilidad acoplarse a mí de una manera tortuosamente gradual, invitando (no, demandando) tu total presencia. Te beso y de paso atrapo tu labio inferior entre los míos para acariciarte con mi lengua, tan húmeda como mi sexo. Observas lo mismo que yo y no te toma demasiado tiempo tentar tu curiosidad; mueves la mano que sostenía mi cuello e introduces tus dedos, uno tras otro, en mi boca mientras besas mi cuello extendido. Retrocedo con mis caderas para ralentizar el momento. Esta vez me sonríes tú y tu mano sale de mi boca para sostener mis caderas firmemente.
"¿Sigo?", preguntas.
"¡Por favor!", respondo.
Envuelvo tus piernas con las mías mientras elevo mi pubis. Decides continuar el juego que inicié, esta vez desde la pura provocación. Me besas profundamente y me penetras lentamente. Ejerzo presión con mis piernas y cojo tus nalgas para empujarte más adentro, pero es en vano; evidentemente no puedo con tu fuerza y sólo de tu pulso depende mi placer.
Mis pezones están durísimos y tengo dificultades conteniendo el orgasmo que viene de la sola expectativa. Acaricio tu cuello y es con mi boca que te besa tan profundamente como me lo ofreces, que conecto contigo. Me detengo y respiro tu beso. Tu deseo de seguir en el beso me da lo que quiero, de pronto, te empujas hasta el fondo y siento un dolor febril. Desplazas tu mano a mi monte de Venus y mientras me sigues penetrando así de profundo, con tu pulgar estimulas mi clítoris.
"¡Ahhhhhh!"
"¿Me detengo?"
"¡No!"
Sigues penetrándome en un ritmo estable y profundo. Llego a un orgasmo que se inicia en mi centro y me invade hasta las yemas de mis dedos... Largo, estable, como olas en marea alta. Te abrazo y me abrazas para una conexión total. Siento por tus gemidos que estás llegando también a la cima. Envuelvo la parte frontal de tu cuello con mi mano derecha y presiono, y cierras tus ojos para absorber hasta la última gota de placer que tu cuerpo produce en ese momento. Finalmente, descansas con el peso de tu cuerpo sobre el mío, y ambos podemos sentir el corazón del otro latiendo a toda fuerza.
"¿Lo haremos de nuevo?", me preguntas, con una sonrisa.
"No sé. Pero me encantaría", te respondo. Vuelves a sonreír.
"Te amo", te atreves, por primera vez, a decir.
"Te amo", respondo yo.
Nunca se trató de decirlo o no: lo supimos desde el principio.
Nos abrazamos en desnudez de cuerpo y corazón. Hablamos de la vida, sus luces, sus sombras y su increible fragilidad. Tras todo, sucumbimos al sueño. Me envuelves en un abrazo mientras me acomodo de espaldas a ti en un perfecto (y provocador) acople.
Tu erección me anuncia que tu última pregunta será respondida antes de lo esperado.
Fin.
No comments:
Post a Comment