Sabed, señores, que la curiosidad
no ocasionó la muerte del Gato.
La verdadera historia es que el Gato,
en su naturaleza curiosa, quiso saberlo todo.
Por días y noches, el Gato vagó por techos y callejones,
puertas y ventanas (transparentes y negras),
buscando la verdad y buscando explicaciones.
y miró sin miedo en su profundidad.
Fue en ese momento que el Gato notó que el abismo
siempre lo estuvo mirando de vuelta.
El Gato saltó cual si hubiese visto una serpiente (o un pepino).
El Gato corrió a toda velocidad y arañó todo lo que se le cruzó.
Pero el Gato no pudo sacarse de encima la mirada del abismo.
La curiosidad no mató al Gato.
Fue algo peor: El Gato supo La Verdad.
intentó correr y esconderse
(pero La Verdad jamás te libera:
una vez que te atreves a verla
te vuelves su prisionero,
su esclavo, su víctima y su rehén).
El Gato entonces tomó medidas:
Contrató un seguro de vida
y como no le pareció suficiente,
contrató otros seis.
Pero nada era suficiente.
El Gato lamentó cada día de sus Siete Vidas
la osadía de haber visto La Verdad
sin pensar en qué era La Verdad;
se preguntó si algún día de sus Siete Vidas,
volvería a ser sencillamente el Gato
que era antes de mirar al abismo.
con una curiosidad distinta
(casi paranoica):
Podía ver con claridad
quién merecía mimos,
quién debía amarlo,
y a quién debía ignorar
(y quien ose engañar al Gato,
enfrenta aún hoy el inminente destino
de ver La Verdad a través de sus ojos).
El Gato siguió huyendo de La Verdad y del abismo,
pero La Verdad es más rápida que los gatos,
y el abismo es más profundo
de lo que cualquier gato imagina.
Así que si alguna vez notas a un gato huyendo,
ten compasión de su demónico destino:
La curiosidad no mató al Gato,
pero acabó con su vida.




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