- 4 cebollas grandes
- 1/2 kilo de carne molida
- 1 cucharada de pimiento rojo en polvo
- 3 huevos duros
- Aceitunas y pasas
- Pimienta y sal
Es Septiembre.
Comienza sagrado
el ritual anual
de las empanadas de pino.
Pelo las cebollas
y tomo un cuchillo
(no sin antes
asegurar la muñeca,
que ya varios pesos
carga a cuestas).
Corto las cebollas.
Primero en rodajas
y luego en cubos.
La cebolla,
Reina de la Cocina,
entiende más que nada o que nadie
por qué tanto hoy se necesita:
Es cortando la cebolla
en pequeños pedacitos
cuando puedes simplemente
liberar a la tristeza
(La de no ser suficiente,
la de no ser elegible;
el doler de siempre:
el golpear la piel sana
con heridas antiguas
e infligir heridas nuevas...
primero en rodajas
y luego en cubos).
"Me lo merezco" pienso
mientras las lágrimas brotan y caen.
"Cebolla de mierda que me hace llorar",
digo en voz alta
y agradezco
silente
a la Reina.
Sé que ella me entiende.
Luego viene la carne molida.
Pienso en mi propia moledura.
"Fea, inútil, tonta, nada"
en un movimiento perpetuo
de la madremáquina
y del padrenada.
El pimiento rojo
para dar sabor
de tierra y vida:
de pies descalzos
en un campo húmedo;
de olor a madera,
y una costra en la rodilla.
Rompo los huevos
(qué novedad).
Los miro y pienso
en la inherente fertilidad
de todos sus significados.
Voy más meta y pienso
en la inherente fertilidad
de todos sus significados.
Las aceitunas,
amargas,
eligen su lugar.
Pasan de mí tanto
como yo paso de ellas.
Las pasas me recuerdan
las manos de mi abuela
el "y si" de las de mi madre,
y progresivamente, las mías
(se añade un ingrediente,
la vergüenza,
a la moledora
de movimiento perpetuo).
Pimienta para el sabor,
de sal sólo una pizca.
Envuelvo todo junto:
la Reina y mis lágrimas,
el alma molida,
los pies en la tierra,
la estéril ilusión,
la ignorada amargura,
la incipiente vergüenza,
y los toques de vida
(picante o salada)
que me recuerdan que todo,
siempre,
vale la pena.
Envuelvo todo junto y
lo encierro en un infierno
por 25 minutos.
Me quemo poco a poco
a una distancia sana
para no destruir nada
fuera de mi propia trampa.
Me quemo poco a poco
en un infierno contenido
detrás de una sonrisa
y una distancia sana.
de Septiembre.
De fondo suenan
Bordemar y sus Aguas,
como recordatorio de que el fuego
tanto como quema
purifica el alma.
Doy un primer bocado;
la empanada está salada.
"Cebolla de mierda", digo,
y agradezco a la Reina silente
por su complicidad culinaria.

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