Sunday, September 14, 2025

Culpa.

Me despierto algo confundida en una casa que me toma unos segundos reconocer. Mientras recupero mis sentidos, llega a mi nariz el olor a tocino y a mis oídos el sonido agitado de una cocina. 

Me duele todo el cuerpo. 
Tanto, que me cuesta moverme en un inicio. 
Mi cabeza se siente como si fuera a reventar. 
El ruido de las sartenes acentúa el retumbar interno y el olor a tocino me provoca ganas de vomitar.

Me incorporo y me toco la frente. 
Siento humedad y al retirar la mano veo mis dedos con sangre.

Como puedo, me pongo de pie y me dirijo a la cocina. 
Ahí está Pablo, mi mejor amigo de la infancia.

—¡Buenos días! —me dice, y me da un beso en la boca.

No termino de asimilar lo que acaba de hacer y continúa:

—El desayuno estará listo en 10 minutos. Ve a darte una ducha, aquí te espero con todo listo.

Más confundida que antes, me dirijo al baño, no sin antes notar que tiene arañazos en la cara.

Anoche celebramos mi despedida con todos nuestros amigos en casa de Pablo. Tras meses de preparación sin descanso, diré adiós a Chile pasado mañana para dar la bienvenida a mi trabajo soñado en Florencia. Pablo me dejó alojar en su casa mis últimas dos semanas en el país en lo que me deshice de mi departamento. La despedida fue tremendamente emocionante, llena de lágrimas y con un poco más de alcohol de la cuenta. ¿Será que me excedí y le di señales equivocadas?

Ya en el baño, me paro frente al espejo y veo mi cuello y pecho con moretones. Alrededor de una de mis areolas veo pequeñas líneas rojizas muy definidas, marcas indudables de un mordisco. De mi vagina, que arde de dolor, sale un líquido blanco que cae por mis muslos.

Empiezo a temblar y a respirar agitada. 
Temo desmayarme. 

Pablo ha sido mi mejor amigo desde el jardín de infantes. Sabíamos todo sobre el otro; fue mi compañero de cuarto por cinco años y conoció cada una de mis aventuras y desventuras. Me sabía perdida, pero siempre me ofreció su amor, su comprensión y su empatía sin pedir nada a cambio. Jamás lo vi de forma distinta que como un hermano... Tal vez porque tanto bienestar y seguridad contrastaban con el caos emocional que era y en el que crecí. Nunca lo vi de forma distinta porque pensar en perderlo era diez veces más devastador que arriesgarme a tener todo lo que siempre soñé para mi vida, junto a él.

Entro en la ducha y dejo que el agua corra. Empiezo a frotar mi cuerpo cuando siento un dolor profundo y lacerante en mi ano al contacto. Vuelvo a ver sangre. Me hago un ovillo y abrazo mis rodillas, mientras dejo que el agua corra y se confunda con mis silenciosas lágrimas.

"¿Qué hice?", pienso.

Pierdo rotundamente la noción del tiempo. Creo que me desmayo.

Vuelvo a mí con la voz de Pablo mientras golpea la puerta:

—¿Lisa? ¿Todo bien?

Recuerdo el olor del tocino y vomito. Recobro la respiración apenas y respondo en la voz más calmada que puedo:

—Sí, perdona, es que está rica el agua.
—No pasa nada. Ven pronto, que se enfrían los huevos.

Mi cabeza empieza a trabajar a toda velocidad. 

Pablo era un chico extremadamente dulce, proveniente de una familia llena de amor. Un buen estudiante, solidario y comprometido. Todos lo querían y en cada grupo social que se desenvolvía, era valorado. Todos habíamos oído historias sobre él, pero siempre eran historias sobre las exnovias locas, las resentidas que lo trataron mal o las que buscaban aprovecharse de su impecable situación social y reputación. 

No quiero pensar en lo evidente. 
Pero debo pensar en lo evidente.

Pablo golpea la puerta con un poco de impaciencia.

—¡Lisa! Necesito usar el baño. 
—Ya salgo —respondo, en piloto automático completamente desconectado. 

Salgo de la ducha y me seco rápido. Pablo y yo crecimos juntos, así que nos vimos desnudos cien veces sin que jamás fuese un problema. Ahora no quiero que me mire. Me envuelvo en la toalla y abro antes de que Pablo (que suena más impaciente) siga golpeando la puerta.

—¡Al fin! Gracias, mi gatita preciosa —dice, y lo acompaña con otro beso en los labios.

Reprimo el impulso del vómito que viene inminente. Respiro profundo y oculto las lágrimas que vienen por reflejo con el vómito que reprimí.

—Voy a vestirme. 
—¡Ve! —responde en tono alegre—. Yo ya comí algo porque no podía esperar más, pero tienes servido.

Veo que Pablo se desnuda y entra en la ducha.
Tiene arañazos también en el cuello y en la espalda.

Ya en mi habitación, examino mi cuerpo con más calma. Todo me duele. Mi vientre, especialmente, se siente dolorido e hinchado. No hay condones por ninguna parte en la habitación. Pienso en esas imágenes atroces que nos gustaba ver en secundaria de casos de gonorrea y sífilis, sin ninguna nostalgia. Me visto entre lágrimas silenciosas mientras lo escucho tararear canciones. Lo conozco tanto, que sé que está feliz y que no estará por menos de media hora en el baño.

Corro a la cocina y vomito en el fregadero. Envuelvo lo que sería mi desayuno en una servilleta y lo tiro todo a la basura. No puedo comer. Mi cuerpo no tiene espacio con todo lo que proceso en esos instantes.

Me voy en dos días.  
No tengo adónde ir.
No puedo denunciar.
No puedo ni siquiera ir a un hospital, sólo me quedan dos días acá y todo se volvería demasiado engorroso.

Nadie, absolutamente nadie, me creerá. 
Nuestras historias de vida son tan distintas, que si alguien ha de ser culpado de esto, esa seré yo. 
Mi trabajo en Florencia me espera, y si fallo en mi vuelo, no sólo se vendrá abajo ese proyecto, sino que también tendré que arreglármelas acá.

Escucho el agua de la ducha dejar de correr y a Pablo dejar de cantar. 
Una ola de pánico me asalta.
Tomo mi cartera a toda velocidad.

—¡Pablo! ¡Voy a comprar al supermercado! Quiero llevarme uno de esos muffins de café que me encantan para el viaje. —No se me ocurre ninguna excusa más decente que esa. 
—¡Espera! —lo escucho gritar. Pero yo ya cerré la puerta.

Necesito tiempo para mí, para estar sola.
Camino al cementerio (que se ha vuelto, súbitamente, el único reducto humano seguro que me queda en el mundo). Está vacío.

Y está bien. 
Ahí lloro a gritos al tiempo que una fina lluvia comienza a caer.

Me hago un ovillo contra el suelo húmedo y pienso.
Me voy en dos días y no tengo otra opción más que tolerar toda esta mierda hasta que me vaya,
porque lo acabo de perder absolutamente todo,
porque no puedo atrasar mi viaje,
porque yo decidí tomar tanto,
porque nadie me va a creer,
porque no tengo adónde ir,
porque no sé qué hacer,
y porque, tal vez,
hasta me lo merezco.

...Después de todo, siempre me han dicho que toda mi vida fui incapaz de distinguir el bien del mal.


2 comments:

  1. AnonymousJuly 05, 2026

    Waw, no puedo dejar de pensar en todo lo que hablamos y ver las imágenes de rostros que conozco, excelente relato!!!

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  2. AnonymousJuly 06, 2026

    Wowwww estremecedor!

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